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martes, 18 de septiembre de 2012

Pull My Daisy (1959) Bob Frank

"Kerouac died on October 21, 1969 at St.
Anthony's Hospital in St. Petersburg, Florida from
an internal hemorrhage at the age of 47, the
unfortunate result of a life of heavy drinking, seen
by some as a way to overcome his shyness." (cite)

Bukowski's hemorrhage was in April of '54.
Pull My Daisy (1959) Bob Frank

Posted via email from YanguL5

viernes, 23 de julio de 2010

5) Cultural Insomia. 23:58 Hs.

Por fin terminaba mi ronda nocturna de la semana, y sólo un sonido rompía el silencio de los dormidos. Un televisor hablaba sin parar en una sala oscura sin que nadie lo escuchase. La luz centelleante del tubo de rayos catódicos, aparecía y desaparecía según la continua repetición de imágenes; intermitente solamente para mostrarme en su claro-oscuro la presencia de un sillón vacío. Me desplomé como por un instinto, y tardé bastante rato en prestar atención a esa voz metódica y engolada que interrumpía la madrugada. La voz parecía la misma que la del locutor del Lunes. ¿ Era el mismo o todos hablaban igual ? En la primera frase analizada noté que lo que decía era una de las tantas cosas que nunca hubiera sabido si hubiera decidido que era preferible estar en otro lugar ... Buñuel pertenecía a una elite surrealista de los comienzos del treinta iniciado por Manray (igual a aquella confusión disparada por un episodio donde el Kama-león había servido de intermediario para una ilícita transacción)... un primer film del movimiento se había estrenado en el anonimato con el título del Perro Andaluz (aparecía nítido un sofisticado restaurant para paladear paella escondido en la zona céntrica del trópico de Cancer) ... Dalí había participado en su elaboración (otro nombre de un bar suburbano al cual nunca me había atrevido a entrar) ... Preferí mejor bajar el volumen para no aceptar como aumentaba mi ignorancia en cada nueva sentencia del locutor remilgado. Siempre hay un momento en el que uno se entera lo que es sabido por otros. 

Transitaban en la pantalla escenas de vanguardia en las que una vaca retozaba en una cama mugiendo en el silencio de ese cine insonoro, cuando decidí prender un nuevo cigarrillo. Buñuel también lo hacía al unisono detrás de la pantalla del televisor. Pero era distinto ...Yo aspiraba sin percatarme de lo que hacía, mientras que en él se notaba que estaba celebrando el momento u olvidando una ingación entre profusa svolutas de humo que ascendían. El tabaco era su gran compañero, apoderado entre sus delgados dedos rebosantes de amarilla nicotina y con un gusto siempre amargo sobre la superficie de su lengua que no paraba de hablar, aunque yo no podía escucharla supe que lo mío era una rutina inútil de vicio tonto para reducir las expectativas de una vida que si no llegaría a ser demasiado larga y aburrida. 

Las imágenes se oscurecieron y me levante sin molestarme en apagarlas; con ese fondo negro y sin volumen, ahora ansiaba un trago antes de dormir. Lo encontré en un escondrijo secreto para emergencias en algún lugar de mi habitación y lo apuré sin pensar -como antes había tragado el humo del tabaco. Bebía como Poe, no como un glotón sino como un bárbaro, con una economía de tiempo para cumplir una lenta misión suicida, como teniendo algo que deshacer en mi. Un rápido sorbo que surtía un efecto siempre letal, sin la suerte de poseer una gruesa mucosa gástrica que le permitía a Winston Churchill beber en unas horas lo que no aconsejaba el ministerio de salud en una semana; pero sin que el efecto de esas toneladas etiíicas -que yo nunca podría soportar- le impidieran ganar la segunda Guerra Mundial.

Quería dormir pero no podía, tampoco podía fumar como Buñuel o atragantarme como el primer ministro; sólo me quedaba pensar y pensar aunque jamás me parecería a ellos. Era mejor no encender la radio ni prender la televisión, tal vez durmiera al estar cansado de no poder dormir...  asi que di vuelta la cabeza y miré por la ventana por si acaso algo por fín pasaba.

sábado, 29 de mayo de 2010

4) Outside News. 6:23 Hs.

Comencé mi ronda como todos los principios de semana, apenas madrugando en un lunes desapacible para sacudir el letargo de los domingos suicidas. Nada se escuchaba salvo una radio apenas audible al final del pasillo, seguramente prendida permanentemente; con un parlante roido y enchufado a un tomacorriente en aparente cortocircuito. Sonidos desde un sombrío y apestosamente húmedo encierro. Un locutor anuncia los pormenores de la jornada, y mientras más me acerco, diferencio que simultáneamente uno puede morir como enamorarse. En una misma síntesis informativa es posible que un ser humano se zarandee, se contornee en la expansión epidérmica de la hija adoptiva de su futura ex mujer que no duda en presionar el gatillo conectado a un helado caño que se apoya contra una sien, pero mucho más fría.

 
PUM!, cuando los convencionalismos se deshacen al mejor estilo Nabokov, cuando algo gastado penetra en algo aterciopelado, cuando una bala perfora hasta el otro lado de la carne de un craneo abierto. Mientras se desvanece la nítidez del remilgado locutor que no duda en dar hasta el más mínimo detalle macabro, de a poco ya ni estoy seguro de que seamos nosotros mismos los que manejamos las clavijas de nuestra propia corriente mental. Una porción ajena al raciocinio debe estar alojada dentro del cerebro para engañarnos de que todo anda bien, de que todo es posible, que no es necesario ir a revisar los fusibles que aparentemente deben estar quemados desde largo tiempo. Todo es una reducción para llegar a la comodidad, ya que es mejor desligarse que admitir que uno está demasiado enganchado como para no poder salvarse. Precios que uno paga cuando todo lo que alcance la vista esté a punto de desmoronarse.

Desvío el curso de mis incesantes elucubraciones, y percibo que ahora la voz no es la misma que antes; ahora un cura pregona que no hay que violentar a la naturaleza, que es lícito todo aquello que la ayude a fluir naturalmente... y así la eternidad se alcanza comprando el paraíso a cualquier precio (aunque su valor sea incalculable). Deshago mis pasos con rumbo a otra sección a controlar, y la voz comienza a disiparse, mis oídos casi no la oyen aunque mi nariz percibe que dentro de poco el tomacorriente volverá a chamuscarse. Dentro de muy poco se perderá contacto con el exterior aumentado la sensación de sentirme acorralado...

(El Dr. Bernard Krieger advierte con estas reflexiones -en su informe jamás enviado- que Klondike en esta etapa ha superado -por el momento- sus tendencias autodestructivas. Su visión magnificada  de los hechos fuera de su ámbito, lo convence de que no puede atravesar la trascendencia de su ser sin borrar el tiempo transcurrido. ¿Para qué buscar tanto valor para eliminarse?, si a nadie le importara cuando los acordes del más reciente éxito de moda tapen el final de una noticia policial que todos olvidaran en el próximo corte)
  

martes, 18 de mayo de 2010

Henry David Thoreau quotes

Henry David Thoreau quotes
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“I went to the woods because I wanted to live deliberately, I wanted to live deep and suck out all the marrow of life, To put to rout all that was not life and not when I had come to die Discover that I had not lived.”

 Jenny0103
Visceral & Succint Family Guy

domingo, 2 de mayo de 2010

3) Steps Searching Near by the Door. 2:45 Hs.

Pasaron 2 días en que no me atrevía ni a salir de mi habitación por temor a que un nuevo ataque (peligroso) me tomara desprevenido. Seguro y encerrado entre cuatro paredes una nueva desconexión involuntaria no podría dañarme. Hasta pensé en encadenarme para evitar que mis pies me obliguen a subir esos malditos escalones para arriba; pero no lo hice por miedo a perder la llave y morir de inanición sentado en una silla. Y fueron 2 días en que no pude acostumbrarme a esperar oír el ruido de sus pisadas, el olor de su entrada triunfal y displicente como preámbulo de su ya archiconocida letanía de reproches, recriminaciones y consejos. Una perorata conocida de memoria cada vez que nos enfrentábamos; frases y palabras que con el correr del tiempo repetía como si se hubiera olvidado lo que hacía poco ya había dicho. Pero seguía y seguía hostigándome con lo mismo, pero con más ímpetu, porque él también ya conocía mis respuestas; siempre indiferentes para darle la razón, pero que deberían haber sido reemplazadas por silencios imperturbables. Pero no, él gozaba -estaba seguro- de antemano como si supiera desde siempre que a partir de una de sus frases malditas consiguiera siempre en mi una avalancha de nerviosismo y obligadamente una contestación trémula que alimentaba más preguntas que nunca lo dejaban satisfecho.

Dormir, trabajar y escribir eran los verbos favoritos de su precario léxico -mas que favoritos se podría decir que eran los únicos en nuestras conversaciones. Todo el mundo sabía que él trabajaba el triple que yo, que no escribir ni la decima parte que yo me proponía era más bien su orgullo por no perder inútilmente el tiempo; pero carajo, eso de dormir tres horas entraba solamente en su especulador cerebro monetario. Era simple: "Dormir poco, escribir nunca para trabajar mucho", simple y siempre idéntico. Y ahora me escondo entre las penumbras de mi aburrimiento esperando que vuelva a aparecer mientras afuera la luna comienza a llenarse por completo en su ciclo mensual.

Dejaba que se me escapara el tiempo, que las horas se perdieran como si al envejecer de pronto las cosas me importaran cada vez menos. Senil y achacoso, aquellos momentos que siempre había anhelado podría descartarlos al transitar de pronto por el ocaso de mi vida; y aquello que me exigía a prohibirme -para vivir más años- no tendría más sentido. Solo así al encontrarme como un anciano disfrutaría de un placer que no tendría que compartir con nadie. Solo, con la mayoría de la gente que había conocido sin existir, sin nadie a quien proteger o escuchar; desolado eremita con el alma que se retorcería ya sin ganas. Un espíritu viejo y mediocre que no tendría problemas para amoldarse a cualquier situación, tanto como para encajar perfectamente en un cuerpo desgastado. Sin pretender más que logren conmoverme. Y en ese momento seré esencia que no querrá ir más en busca de la satisfacción. Transformado de esa manera sería la única forma en que podría atreverme a enfrentarlo, escupiéndole todo lo callado durante los años de aislamiento; aunque tal vez en ese entonces mi deteriorada lengua no podrá articular palabras entendibles, fallándome la menoría sin saber qué era lo que debería decirle. Y si pudiera hacerlo, sería incomprensible porque los demás también habrían olvidado las razones por las cuales me había ocultado en el ostracismo. Seguramente los que me rodeen en ese crucial momento en que me decidiera a hablar, dirían -"No le hagan caso al viejo cabrón, seguro que tiene otro ataque de arteriosclerosis galopante"-. Y ante tal declaración nada podría objetar porque tendrían razón, se habría consumido la ultima oportunidad para volver a ocultarme y tomar valor para poder contestar.

Los pasos se acercan pero no son los mismos que a la luz del día, son inconfundibles pero más pesados y lentos, como saboreando una entrada sangrienta. La luna culmina su ciclo y brilla tan redonda como puede abarcar su diámetro. La claridad lunar ilumina un nuevo temor surgido de haber escuchado una conversación entre dos individuos en la tarde del solar. Los pasos se detienen, posiblemente el mandamás que está afuera ya decidió por mí. ¿Con su silencio habrá comenzado ya mi condena de soledad?. No tengo tanta suerte, los pasos se reanudan. Se acercan ¿No tendría que salir?, no mejor no, porque si aquella leyenda que había escuchado fuera cierta arriesgaría más que mi pellejo al exponerme.

Los pasos siguen, pasando de largo mi puerta como una lenta exhalación; no es mi turno en esta noche. Las leyendas no mueren tan fácilmente, Yo en el próximo plenilunio tal vez si...
  

miércoles, 21 de abril de 2010

2) Toes in the Edge. 19:32 Hs.

Los talones bien afirmados apenas contra el borde de la cornisa de la terraza. El vacio esperando impaciente, el aire caliente ascendiendo hasta mis axilas que habían comenzado a sudar. Abajo de mis pies -mucha gente que reconozco deambula en las últimas luces que rebotaban en el solar. Parecen ocupados de sus propios problemas: asesinatos, degollamientos, cadenas perpetuas por raras combinaciones de sucesivas penitencias. El sol se escondía detrás de una nube gris, pero ¿Alguien podrá interesarse en mis estúpidos sinsabores?, es poco factible. Me desespero y lo intento. Pero no puedo hacerlo cuando algo no encaja.

Ya ni pensar en lo inmediato me sirve para sobrellevar esta carga, un centímetro hacia adelante y todas mis ridículas frustraciones desaparecerán al instante. ¿Qué es lo que me detiene? ¿Porqué me reprimía si pensaba que estaba decidido, si estaba seguro que podía auto programarme para dar un gran salto, si estaba convencido que esta era la mejor solución. Pero nada. Quedé congelado, con los músculos tiesos, enhiestos; con los ojos viendo al vacio y más abajo una pelea entre dos presos a punto de desatarse. ¿Por qué no saltaba, porqué no lo hacía? Que más quedaba después de decidirme. ¿Qué? Todo y nada, si uno tenía el suficiente tamaño de testículos para poder afrontarlo. Pero como yo indudablemente carecía de dicho diámetro, decidí alejarme lo más posible del borde del precipicio, evitando caerme en el instante en el que ya había decidido que jamás podría hacerlo. En este último pensamiento la lectura de esa idea hecha por mi mente cambió de referencia, estaba próxima a un estadio en que todo lo que sabía o conocía era accesorio. Todo lo que miraba -que era ajeno a mi propia vida o por lo que se desvivían los demás- era terriblemente relativo. Engordar, adelgazar; sufrir, gozar; preocupación, indiferencia, preocupación, indiferencia, preocupación, preocupación: términos que otros definieron (o más bien padecieron) mucho antes que nosotros tuviéramos la oportunidad de experimentarlos. Todo ya existía y seguiría existiendo aunque nosotros dejemos o todavía no hayamos empezado a existir. El mundo no se iba a fracturar cuando uno de sus miles de millones de habitantes se hubiera desparramado sobre el piso desde quince metros de altura. De inmediato y gracias al mas maravilloso equilibrio estarían naciendo mucho mas de los que mueren natural o artificialmente. Hasta que el mundo comience a desbordar y ni siquiera se podrá contemplarse la posibilidad de matarse cuando sean los propios gobiernos los que decidan que debes irte por falta de cupo. Todo tan relativo que daban más ganas de reír que llorar. Este era un día que parecía que no pertenecía a la persona que yo era ayer... viviendo según los que muy pocos aceptan y la mayoría rechazan sin opción...

Mis dedos estuvieron a punto de resbalarse en un descuido, el vértigo se apoderó de mis miedos existenciales suplantándolos por un terror mucho más visceral. Por una torpeza no intencionada caería sin tiempo para pensar más, abrazando un vacio escurridizo en donde no existirían más problemas. Decidí sentarme cuan insignificante y circunstancial era, para no estar parado ante tanta inmensidad que parecía llamarme a los gritos. Tanta grandeza qué nadie como yo era capaz de controlar. Mi respiración por si misma comenzó agitarse cuando advirtió cual había sido la verdadera razón que produjo la detonación para atreverse a no reprimir la tentación al abismo. La causa que me había llevado como un autómata hasta el borde mismo: un temor terminal por una relación ni siquiera concretada que se transformó en odio por una convivencia forzada terminada en frustación por no atreverme a hacer lo que se me viniiera en gana sin dar explicaciones a la persona con la cual me obligaba a seguir estando para no parecer un infeliz aunque me hundiera en el agobio. Así todo de corrido, sin ni una puta coma; así todo tan rápido, como la muerte.

El sol seguía jugueteando a las escondidas entre las nubes ya negras, siempre en un mismo punto por lo que eran ellas la que jugaban con él, en esta todavía claridad que nunca parecía terminar. La ansiedad volvía a envolverme, la palpaba o más bien la destripaba al morder ferozmente el filtro de un cigarro dilatado de ser prendido. Pero no... no era tan simple, no era tan sólo desesperación por lo que había estado por hacer, era el síntoma perfectamente visible por la vaga ambiguedad de algo futuro, de algo incierto que con suerte nunca ocurriría. Si estuviera completamente seguro de lo que me iba a pasar, acabaría con esta tortura simplemente esperando, anhelando desaforadamente que nada sucediera. Nada pasaría y ya no tendría sentido morderme ahora el labio superior por haber lanzado al vacio una colilla extinguida con  el filtro parcialmente destrozado. Encendiendo uno nuevo –que se consumiría aun más rápido que el anterior- serpenteaba escalones que comunicaban con la azotea, para poder adentrarme en los problemas de los otros y tratar de olvidar los míos propios. El resto ajeno seguía deambulando cabizbajo sin haber notado que un tipo que conocían había estado a punto de tirarse; algunos incluso sonreían absortos en sí mismos como si supieran cual era la mejor solución. Si ellos tal vez lo sabían, entonces porque yo nunca podía adivinarlo? La luna ocupo el juego del sol y preferí pensar en otras cosas aunque lsupiera que la imisma dea siempre volvía con impetu inusitado.

lunes, 23 de junio de 2008

1) Preface. 0:00 Hs.


¿Quién era realmente Klondike Parabellum? ¿Un artífice de la imaginación, un desquiciado traumatizado? ¿Quién? No sé si vale la pena preguntárselo hasta hartarse, repreguntándose para conocer la verdad o la fantasía. En serio no lo sé.

Klondike vio las primeras luces fuera del útero en un habitáculo demasiado próximo a los hedores -de la cloaca central de un edificio público recubierto de mármol- como para que dicha atmosfera no lo afectara. Un monolito gigantesco que ensombrecía a los sucios edificios circundantes alineados en una cuadra en pendiente bastante pronunciada. Pocos conocidos, poca conversación con los vecinos en las tardes de un abúlico discurrir. Un niño que jugaba despreocupado, demasiado impetuoso como para preocuparse por algo que estuviera fuera de su propio entorno. Un habitante de aquella calle cuesta abajo que veía delineado el futuro sin preocuparse por buscar alguna explicación distinta. ¿Para qué debía molestarse si había otros más aptos que él para decidir?. Klondike crecía y cada año que pasaba no hacía más que convencerse de que si el Destino (o Dios o Mahoma o Buda o Khomeini) lo había predeterminado de esa forma, él no era quien para arriesgarse a trastocar ese curso de otra manera. A los ocho años nadie puede tildar a un pequeño de cómodo o ambiguo. Pero él ya lo era y lo sabía. La mayoría de las personas eran así durante la infancia, sin que advirtieran que de pronto toda esa fantasía "termina por acabar de finalizar"; sus pares transitaron por esa etapa sin conflictos,  le paso a todos menos a él.  De esta forma, la ilusión  de que el tiempo no pasaba se mantuvo para Klondike algunos años más, y así siguió viviendo ajeno a todo lo que lo rodeaba, sin saber que su antiguo amigo el Destino le prepararía una nueva prueba de la que ya no saldría indemne.

Sus temores se manifestaron en el momento que ´por mera casualidad tuvo que trasladarse a una ciudad cercana al trópico de capricornio. Ensimismado,  se obsesionó por tratar de retozar en un sueño demasiado real para manejarlo, y se equivocó. El temido Destino le había brindado una segunda oportunidad para decidirse a ser feliz, y la había vuelto a desaprovechar. Un 17 de julio las ilusiones se esfumaron, la magia se disipó. El telón descendía sobre una angustia inquebrantable sin avisarle: salía de la comodidad de lo conocido para adentrarse en una realidad mucho más cruda, volvía de donde había partido pero ahora indefenso, sin ni siquiera poder reconocer a esos pocos extraños con los que nunca se había atrevido a relacionarse durante su infancia ya traspasada.

Desorientado, pasó más tiempo de lo que pensó buscando algo en que ocuparse, y después de seis años desesperados solamente encontró un oficio con horarios arbitrarios, gente sumamente agresiva, soplones, busconas, una caterva de desahuciados. Un trabajo que lo dejaba tan exhausto que cada noche se enfrentaba con su propia identidad. Con su esencia más amarga. Un lugar ideal para saber quien creía ser realmente, un espacio que era una verdadera mierda. Allí se aisló mas del mundo exterior acumulando tanto nerviosismo que le impidió volver a convivir con los demás, aquellos otros que no tenían problemas como él, que no necesitaban olvidarse de nada, tan seguros de si mismos que lo dejaban pasmado. Por momentos Klondike no soportaba más haber perdido totalmente esa quimera de años atrás, e indefectiblemente caía en prolongadas depresiones; actuando según lo que oía o leía pero jamás a partir de lo que veía, porque podría parecerse demasiado a lo que no quería en un futuro muy próximo y terrorificamente cercano.

Fue por ese entonces cuando lo conocí en una de sus visitas al "exterior" -como a él le gustaba llamar a todo lo que estaba fuera de donde se recluía. Aunque no era realmente su peor momento, aun así había algo subrepticio en él que me atrajo substancialmente. Sus cambios de humor eran realmente incomprensibles durante el corto transcurso de esas tardes soleadas en las que compartíamos una predilección en común por el alcohol. De inmediato era un pesimista empedernido, lleno de frustraciones y odios infundados. En el siguiente trago trataba de convencerme de que todo no era tan malo queriendo hacerme creer que todavía podía reírse de las situaciones más cruentas, aunque supiera mejor que nadie que aunque simulara no podía engañarse a sí mismo. En el último sorbo del tercer vaso era torpemente indefinido, impulsivo, y exasperadamente contradictorio. Klondike no necesitaba estar transitando una diabólica embriaguez para saber que muy pocos lo comprendían, pero igualmente no podía deshacerse de las opiniones de los que nunca lo entendían. Odiaba no poder ser indiferente a esas personas aunque se esforzaba inútilmente por intentarlo. Era un verdadero camaleón emotivo.

Nuestros encuentros casuales siempre giraban alrededor de una indecisión insoportable, arrepintiéndose de cualquier acción, arrepintiéndose de haberse arrepentido antes. Esto le pasaba a menudo pero principalmente cuando un brusco cambio climático ocurría, cuando la humedad desaparecía o el elevado porcentaje en el ambiente se hacía insoportable; él cambiaba de carácter como un barómetro de extraña exactitud. Azaroso como un pronóstico, era casi imposible tratar de ayudarlo. Se desesperaba, se escondía para no ser sorprendido en algo que a los demás pudiera llegar a molestar con la única intención que nadie  pudiera increparlo. Solamente cuando no podía aguantar más su represión, se desquitaba con los más débiles o con los que se atemorizaban de su especial forma de ser; ya que cobardemente sabía de antemano que estos pocos nunca lo toleraban. Casi nadie estaba a su lado verdaderamente, la gran mayoría huía despavorida ante tal carrusel de miles de emociones inentendibles. Agredía sin pensar, a quemarropa; y como siempre se desdecía, pero no de haberse arrepentido sino de llevar su violencia verbal a un grado muy superior, a un nivel peligroso de destrucción sin que control alguno. Cegado por la furia contenida, insensible por una ira sin razón. Energía malgastada, siempre resistiendose a llegar a ese fin tan extremista: contra alguien herido de muerte como recurso de último escape.

Una puteada bastaba para su dosis diaria, ya que para él en todo había que tener conducta, -"los excesos y las segundas partes nunca terminaban bien"- decía.  Desde niño estaba convencido de no tener remedio, todo era imposible, creyéndose pasivo en las decisiones pero muy activo en las contradicciones. Su humor de a sobresaltos se extinguía, repitiendo incansablemente que estaba agotadio antes siquierra de darse cuenta que estaba por abrir los ojos en las primeras luces de la madrugada; los minutos se perdían y sus decisiones se postergaban. Y a los segundos ni sentía que respiraraba cuando estaba más escéptico que nunca.

La última vez que lo volví a ver, vivía en una especie de sueño lúcido, como cuando uno es perseguido en una pesadilla y trata desesperadamente de despertase. Klondike atacaba esos temores del subconsciente, tranquilamente se dirigía a su agresor imaginario y le decía como si nada: -"Tu no existes cabrón, esto no es más que un sueño y nada me va a pasar"-. Abría los ojos y repetía esas las mismas palabras al perseguidor que se había esfumado de su conciencia. Pero al repetir la letanía -en voz alta para oírse- no podía volver a conciliar el sueño. Su mirada se acostumbraba a la noche, a tener los ojos abiertos en la penumbra como si fuera un topo con un membrana endurecida sobre sus pupilas. Pero carecia un parpado sobre otro parpado y su mirada apagada no brillaba audaz en la negrura, sino que era tan repulsiva como el odío que tenia a sus semejantes. Klondike se adentraba en su última etapa, siendo evidente que le faltaba muy poco para conseguir mandar todo a la "Gran Mierda". Desde ahora el insomnio sería parte esencial de sus noches tortuosas. Pero todavía le costaba entender su plan, sin valentía para enfrentarse a la más mínima situación, y con demasiada cobardía para pensar en eliminarse a sí mismo,

Se estaba gestando un nuevo rasgo de su futura vida, pero no como una revelación porque no dudaba que nadie compartiría su decisión indeclinable. Nadie podría entenderlo si estaba inmerso en una sarta de incoherencias, alrededor de una secuencia de actos carentes de algún atisbo de lrcionalidad. Comenzaron los antes prohibidos excesos, y de las profusiones se anclo en terminantes proscripciones. Se negó a salir del ámbito de la prisión donde trabajaba, se exigió no hablar más con nadie para no confundirse. Pero no dejó de sufrir y pasó del blanco al negro sin alivio, sin tomarse la molestia de comprender porque nadie lo comprendía.

Tortuosamente ciclotímico, exasperante de la amargura al jolgorio en fracciones de segundo sin darse ni un respiro para meditar lo que estaba ocurriendo. Amor odio, sexo abstinencia, placer sufrimiento. Hasta que sin proponérselo -aunque subliminalmente lo buscaba- logró rendirse, hasta quedarse sin ganas para nada. Ni siquiera para hablar consigo mismo.

Por largo tiempo no supe más de él. Sus pocos allegados contaban que seguía recluido en la prisión del condado del oeste, ensimismado, escribiendo y escribiendo sin contactarse con los demás. Al enterarme de lo que le había deparado el Destino lo que más extrañe al no poder localizarlo, fue las ganas de comprender ese insano ímpetu para tratar de concretar sus delirios en un papel; su caustico sentido del equilibrio; su necesidad de viajar sin despegar los pies de la tierra; y hasta su propia presencia. Klondike se esforzaba por modelar cuanta idea llegara a su cerebro, pensando incansablemente para poder rescatar alguna negra reflexión. Pero meses después, al final ese interés también había declinado, y esa perdida transformó definitivamente su personalidad; y esa ansia de cambio fue su mayor dilema. En un instante ulterior se olvidó de las etapas anteriores, y consternado por acordarse como era antes se convirtió en un libro mal encuadernado. Al recibir esta última noticia decidí escribirle a la prisión del condado. Estaba bastante preocupado.

¿Pero quién era en realidad Parabellum? Nadie en especial, alguien tan común que hasta podría ser uno de nosotros. Pero mejor era no saberlo.

Una tarde nublada en que ya mi memoria había olvidado aquel extraño personaje, la secretaría de la clínica donde trabajaba me entregó un paquete sellado. Ni se me pasó por la cabeza que podria ser de aquel ser que nunca se había dignado a contestar mi carta enviada años atrás. Tal vez lo pensé, pero inmediatamente lo habría desechado por considerarlo improbable. Sin embargo aquel pensamiento descartado se renovó en mi mente cuando leí el remitente. Y Sospeché. No conocía a nadie tan al oeste y menos a algún colega del Instituto Lone Issland. Cuando rasgaba el papel del envoltorio volví a palpar mi primera intuición y de pronto Klondike se me hizo visible en la parte superior e interna de mi frente. Increíblemente con cada facción exacta aunque momentos antes me hubiera devanado los sesos tratando de pensar cuanto medía, o si era gordo, o si conservaba la voz cascada por el exceso de alcohol. Ni siquiera me hubiera acordado cual era su segundo nombre o si realmente lo tenía. Dentro del paquete apareció un atado de manuscritos con una nota enganchada en el margen izquierdo superior de la primera hoja. Eran las desquiciadas anotaciones de aquel individuo al que le había perdido la pista. Llegaban a mi -a pedido especial del Instituto Lone Issland- para que tratara de interpretarlas, con el proposito de volverlo a la supuesta normalidad que anhelaban los médicos del frenopático donde Klondike había sido internado. Ellos consideraban que yo representaba la parte sensata del enfermo; luego me pedían un informe detallado. Y Comencé a leer.

Analizando aquella apretada letra -escrita con furia rápida, veloz para no perder ni una idea- advertí que habían quedado atrás cualquier necesidad de querer compartir lo que espresaba con cualquier persona que lo conociera. Yo a duras penas lo entendía, no tenía un verdadero sentido, ni argumento, ni hilo conductor. Mucho menos existía una real afición por lo sobrenatural, ni un ansía lasciva para desenredar su eterna obsesión con las mujeres que habían aparecido en su vida. Ya nada importaba  salvo algo que casi se repetía sin cesar: Mandar todo a la Gran Mierda. Todo lo que Klondike había podido elucubrar era muy relativo cuando se había resignado a perder la chaveta. Ahora me habían otorgado la responsabilidad de ser el nexo con su pasado,. supuestamente para poder salvarlo con la única ayuda de todas esas letras arremolinadas en hojas grasientas, esas miles de enunciados mareándose en roídos papeles. Leerlo era lo mínimo que le debía al autor del que no sabría ni cuando, ni porqué, ni como se le había quemado la caja de fusibles de sus pensamientos; de uno en uno hasta explotar la instalación en un camino sin paradas a la locura. Saltaba en forma anacrónica sin una verdadera referencia de tiempo o espacio, y de pronto recordaba las palabras que antes había oído de su boca. Palabras que correspondían a momentos de su vida que yo no había compartido; un remolino de divagaciones, con ácidos argumentos que rayaban en la incoherencia o que a veces eran sumamente inquietantes. Palabras más, palabras menos que debían servirme para devolverlo al sano juicio que exigían sus médicos a los que tampoco conocía.

Palabras que llevaron a mas palabras de un informe que nunca me atreví a enviarles. Ya que yo no podía y no quería ayudarlo.

Klondike por fin había conseguido aquella liberación que tanto había buscado. Y yo no era quien para traerlo de nuevo a lo que tanto había odiado. Y si ese había sido el precio que tuvo que pagar, bienvenido sea, si al menos una sola persona estaba de acuerdo con esa decisión. O tal vez dos...

Aunque fuera una sola vez, como yo ahora por fin lo había entendido...

Doctor en Psiquiatría Bernard Krieger. Director del Instituto Nacional de Beirut. Libano, Diciembre 1999.